No es una utopía tan lejana como parece, sino una realidad que ya empieza a cuajar a nuestro alrededor. Cada vez más municipios implantan servicios de alquiler público de bicicletas y en una ciudad como Barcelona, la medida ha servido para que en apenas un año el uso de la bici haya crecido un 8?%. «Hace unos años, cuando circulaba por la calzada, los coches me insultaban y hasta llegaban a agredirme porque creían que la calle era suya; ahora soy yo el que me atrevo a gritarles cuando invaden mi carril», comenta Albert García, uno de los primeros activistas de la bicicleta que ha tenido este país.

Según la Encuesta sobre la percepción y el uso de la bicicleta (Gesop, mayo de 2008), presentada a principios de junio en el marco del II Congreso Catalán de la Bicicleta, el 20% de los ciudadanos de este país usa este medio de transporte al menos una vez por semana y un 3,5% a diario.

Además, un 70% considera que en su municipio existen espacios adecuados para este tipo de transporte individual. Al mismo tiempo, sin embargo, un 90% cree que deberían habilitarse más carriles-bici en los núcleos urbanos, así como más aparcamientos en los centros privados y públicos.

Una década atrás, semejante apoyo al vehículo más ecológico, barato y, en según qué circunstancias, rápido que pueda existir era inimaginable, y aún menos en las ciudades. Pero en los últimos cinco años las bicicletas han irrumpido en nuestras vidas con tanta contundencia que ya no son vistas como iconos de la cultura hippy o ecologista, sino como instrumentos idóneos para descongestionar el tráfico, hacer ejercicio y ganar tiempo.

«Hijos de papá».

«Todo cambió cuando, a mediados de los años 70, las capas sociales altas empezaron a enviar a sus hijos a estudiar al extranjero», comenta el sociólogo Mario Gaviria, premio Nacional de Medio Ambiente 2005 y amante de la bici.«Esos chavales, en su mayoría hijos de papá, descubrieron que la gente culta del resto de Occidente ya usaba la bicicleta como medio de transporte habitual y a su regreso decidieron hacer lo mismo. Fue entonces cuando la bicicleta se popularizó en las ciudades».

Hasta entonces, la historia de la bicicleta en España había evolucionado de un modo inversamente proporcional a la historia del coche. Cuando el desarrollismo nos vendió la idea de que adquirir un utilitario nos haría parecer más modernos y ricos ante los demás, las bicicletas desaparecieron de nuestras calles. «En España continuamos sumidos en el complejo del nuevo rico», comenta Ricardo Marqués, responsable de la asociación sevillana Acontramano, una de las más veteranas en la defensa del ciclismo urbano. «Somos un país que entró recientemente en la motorización y ese síndrome hace que algunos todavía sigan creyendo que un coche es una especie de distintivo social».

En la década de los 60 la producción de turismos alcanzó a la de bicicletas y, a partir de ese momento, la descompensación se fue incrementando paulatinamente. «Durante el desarrollismo el coche desplazó a la bicicleta, al tranvía y a los peatones», recuerda Haritz Ferrando, coordinador del Bicicleta Club de Cataluña (BACC) y actual portavoz de ConBici, una entidad que agrupa a 43 asociaciones en toda España. «El coche se lo comió todo, pero la situación cambió ligeramente con la crisis del petróleo de los años 80. Después vino el boom de las mountain bike y en los años 90 aparecieron las primeras asociaciones de defensa de los derechos del ciclista. Eran vistas como bichos raros, pero hoy se han convertido en algo normal».

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