Pero no todo son alegrías. El velib arroja también una estadística sombría: 8.000 bicicletas robadas, 16.000 dañadas y la friolera de 1.500 reparaciones diarias. Entre las desaparecidas, algunas acaban en el fondo del Sena, otras han sido halladas en países exóticos a los que nadie sabe cómo llegaron. «A menudo tienen el sillín mal fijado, o una rueda pinchada, es una lástima», se lamenta Dominique, una elegante treintañera que, pese a los inconvenientes, se considera una adicta al servicio. «Se aprovecha el tiempo al máximo, haces ejercicio y los días soleados de paso te bronceas», subraya.

La incorporación de las pesadas y robustas bicicletas grises a la circulación viaria de la capital ha generado un efecto de contagio. Los vendedores de estos vehículos de dos ruedas no conocen la crisis. «Si fueran una persona serían Nicolas Sarkozy, porque aparecen en cualquier lugar y en cualquier momento», bromea una joven aludiendo al hiperactivo presidente, antes de su desmayo.

Un comentario que seguramente no sería del agrado del alcalde y artífice de la holandización de París, el socialista Bertrand Delanöe, secreto aspirante al Elíseo.

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