A mí los anglicismos siempre me encabritan el estómago, pero tengo que reconocer que éste en concreto me resulta simpático. Quizá la culpa la tenga la propia bicicleta y su capacidad de abanderar la regeneración que necesitaban ya nuestras ciudades. Quizá fuésemos nosotros los que precisáramos esa regeneración, el caso es que algo tenía que evolucionar, que salir del estanco, del atasco, algo tenía que moverse y tenía que hacerlo sin humos y con una cara amable.

Muchas ciudades han alcanzado su punto de ebullición y no satisfacen las necesidades de movilidad de sus ciudadanos. La ciudad de los coches es incómoda, hostil… hasta huele mal

Muchas ciudades han alcanzado ya su punto de ebullición. Saturadas y desestructuradas, ya no pueden satisfacer las necesidades de movilidad ni de habitabilidad de sus ciudadanos. La ciudad de los coches es incómoda, hostil, insalubre… si me apuran hasta huele mal. La cochedependencia es cara y en absoluto práctica, carece de lógica y sentido, como todas las adicciones. Quien prefiere dedicar tres horas al día a atascarse por el callejero antes que invertir la mitad de tiempo recurriendo al transporte público tiene un serio problema. No es sólo cuestión de Cambio Climático, calidad del aire, ocupación del suelo, ahorro energético y demás consideraciones ambientales, es cuestión de sentido común. La ciudad de las personas, por contra, es más amigable, más limpia, más eficiente, más segura. Sus habitantes disponen de más tiempo, sufren menos estrés, menos accidentes, gastan mejor humor y menos dinero.

No nos engañemos, lo que nos ha encandilado siempre cuando viajamos por el mundo es encontrar ciudades donde la gente puede pedalear al trabajo, pedalear a la universidad o pedalear para comprar el pan. Lo más probable es que ni nos diésemos cuenta, pero ahí estaban ellas, aparcadas en las aceras, paradas en los semáforos, subidas en trenes, metros y autobuses. Las bicicletas convierten a las urbes que piensan en ellas en ciudades de las personas. Por eso nos gustaban tanto. Ámsterdam fue siempre el paradigma, pero desde hace años no está sola. Copenhague, Berlín, Munich, Estocolmo… todas tienen algo en común: la bici. Como dijo aquel: una ciudad sin bicis es como un estanque sin patos.

Las ciudades adocenadas, hartas ya de su propia mediocridad, están recurriendo, como en la obra de Oscar Wilde, a buscarse una doble personalidad, transgresora y seductora. Al igual que el protagonista de la comedia, nuestras capitales buscan una válvula de escape bajo un nombre nuevo, el bicing, que haciendo las veces de Ernesto las rescata de su convencionalismo y les permite sobrevivir. La importancia de llamarse bicing puede marcar un antes y un después, como en otros casos lo hiciera la llegada del ferrocarril o la construcción del suburbano.

Para muchos esta revolución no existe; para otros se trata de una moda pasajera; hay quien lo considera un incordio. La adaptación a la bicicleta no será sencilla: infraestructuras, educación y cultura. Tiempo y dinero. Como dice el dramaturgo inglés: “Lo que nos parecen tragos amargos son a menudo bendiciones disfrazadas”. El hambre de bicicleta está en la calle. El contagio por bicing está siendo rápido. De sus riesgos ya hablaremos otro día. Lo que está claro es que algo está cambiando y, cuando se hace bien, no es más que la punta de un iceberg… y se llama movilidad sostenible.

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