Berlín | La Vanguardia | Jaime Despree | 11/11/2008

En Berlin, la cultura de la bici va más allá de lo práctico o ahorrativo; es un desafío al irracional uso del automóvil

Llegué a esta amable ciudad, allá por el 2004, en mi propio coche. Hasta entonces creía que entré él yo mediaba algo más que una simple utilidad. Como era rojo, potente y de marca, creía estar enamorado de él. Lo aparqué en un determinado lugar para que pudiera verlo desde mi balcón, y cada mañana al contemplarlo me decía a mí mismo que era la persona más afortunada del mundo por poseer semejante automóvil.

Pero pasaron los meses y salvo mi rutinaria y emotiva contemplación matinal no le encontré utilidad alguna, por lo que empecé a sospechar que algo había cambiado en nuestra relación amorosa, pues en España me parecía imposible que pudiera vivir sin él, y ahora incluso más de una mañana me olvidaba del rutinario vistazo.

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