Actualmente el debate que preocupa de este choque de precios es lo que sucederá en los próximos meses con el coste de la luz o el del gasóleo. Pero las tensiones sociales que se extienden por toda Europa solo son la punta del iceberg de un problema de mucho mayor calado. Uno de los ámbitos en los que hay que cambiar es el del modelo territorial. Esa Catalunya a la americana definida los últimos 25 años, con ciudades con muy baja densidad de población, escaso transporte público y extrema movilidad de las personas, ha entrado en crisis. Y, frente a ella, no hay otra alternativa que repensar nuestro modelo de ciudad. Si no podemos permitirnos pagar una ciudad difusa, extendida en el territorio, hay que hacerla más compacta, siguiendo el tradicional modelo europeo. Esa ciudad compacta implica, también, repensar la política de redes viarias, tanto en los pesos de carretera y ferrocarril como en el propio diseño de los ejes. Determinadas actuaciones en carreteras, con un predominio del vehículo de transporte privado, están pensadas para una época de energía barata. Esa visión está en crisis. Como también lo está la distribución de los pesos entre ferrocarril y carretera y entre transporte privado y público. En los próximos años deberían reconsiderarse algunas de las decisiones implícitas en la política de infraestructuras para primar tanto el transporte público como el ferroviario. No fuimos previsores y, finalmente, el pasado nos ha alcanzado. ¿Seremos capaces de diseñar un futuro que no atrape, también, a nuestros hijos?  

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