Barcelona | La Vanguardia | Opinió | IGNACIO CRESPO YAGÜE | 29/03/2009

El Ayuntamiento de Barcelona ha dado una clara demostración de cómo una buena idea puede llevarse mal, fatal a la práctica. Me refiero a la inmersión en las políticas de movilidad urbana de las bicicletas, del Bicing.

No, no voy a hablar sobre la distribución de bicicletas en los puntos de recogida, ni del estado de estas, temas técnicos fácilmente solventables; sino que la puesta en marcha de esta iniciativa ha supuesto poner al peatón, de nuevo, en la base de la cadena alimentaria urbana, al aumentar su desprotección. Ya no sólo hay que evitar los vehículos sobre las aceras, las motos en contra dirección (también por las aceras) o estacionadas y los monopatines. Ahora también debes ver cómo te sortean con mayor o menor fortuna ciclistas que, despreciando los carriles bici, han tomado por velódromos o sendas naturales los espacios donde en exclusiva se pueden manejar los peatones.

¿Por qué no se ha regulado el uso de estos medios de circulación antes de ponerlo en marcha? Y si se ha regulado, hecho que particularmente no me consta, ¿por qué no se exige su cumplimiento? La solución sería fácil: que la Guardia Urbana les hiciese cumplir la ley también a ellos, aunque, con la práctica desaparición de los agentes a pie de la vida cotidiana en la ciudad (a excepción de las zonas turísticas, claro), esto se hace realmente imposible.

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