Su teoría era que los más exigentes y los auténticos aficionados perseguían, además de un producto de calidad y una buena posventa, la sensación de pertenecer a un club. Esa idea le ha dado frutos. Sus tiendas en Barcelona suman 3.000 metros cuadrados y dan empleo a 60 personas. Se venden bicis y accesorios, y también un estilo de vida (se organizan excursiones en todo el mundo, se da formación para la autoreparación de la bici), todo ello sazonado con asesoría. Las ofertas para franquiciar el concepto no han faltado. Pero Cahué, antítesis del empresario adicto a la Blackberry, toma decisiones de negocio –nos cuenta– pensando no solo en el mercado, sino también en su bienestar personal. “Sí, se podría franquiciar, pero no se trata de eso. Además, con tanto crecimiento no hubiera podido, por ejemplo, hacer dos adopciones en República Dominicana, que me obligaron a estar allí seis meses”. Cahué delega. Y ha introducido a trabajadores clave en el capital, para así disfrutar de esa mayor libertad.

Siempre ha tenido claras las prioridades. Cuando era un chaval se enamoró de la naturaleza y del deporte, en parte por los veranos que pasaba en La Seu d’Urgell. Se frustó su intención de estudiar INEF por el corte de la nota, así que hizo ingeniería técnica agrícola. “Me veía con una granja de vacas”. Cuando estudiaba, montó su primera empresa, de tratamientos fitosanitarios. “Eran productos ecológicos, por mi vena hippy”. Lo dejó. “Trataba con ayuntamientos, algo exasperante; me daba grandes madrugones para sulfatar, y el producto no era el mejor”. De nuevo emergió su espíritu hippy, y montó un taller de bicis. Tenía 23 años. Tuvo claro que, además de reparar, debía vender bicis y accesorios –los productos más rentables– y que no podía arreglar y vender en un mismo espacio. El dependiente no podía llevar las manos manchadas de grasa. “Hoy Probike tiene 80.000 clientes”, resume.

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