Por Rafael Casallas. Licenciado en Relaciones internacionales. Socio-fundador de Ciclópolis en Bogotá (Colombia), monitor de la Biciescola del BACC y activista por una movilidad sostenible.

 

DOS RUEDAS Y MILES DE HISTORIAS

Desde muy temprana edad la bici llegó a mi vida de la mano de mi papá. Tanto él como mi madre siempre me motivaron a usarla y tuve la fortuna de tener una familia repleta de primos y primas, con lo cual no eche en falta tener un parche para salir a rodar (siempre con la compañía de un adulto). Mi primera bici fue una BMX, color plata y ruedas negras. Una belleza.

Después de casi 10 años de estar con ella, necesitaba una bici más grande y con mejores prestaciones para recorridos largos y de montaña. En ese momento, mi madre, que siempre ha estado vinculada al mundo automoción, logró hacer un trueque con uno de sus clientes y a cambio de una reparación, mi madre recibió una bici MTB.

 

El descubrimiento de uno mismo

Desde ese momento, el universo del MTB se abrió ante mí con 17 años. Sin embargo, la bicicleta seguía siendo un deporte, una especie de mundo paralelo los fines de semana. Ya en la Universidad, la bici se convirtió en una terapia contra las cargas académicas y el caos diario de la ciudad de Bogotá (Colombia), además de una herramienta para revindicar los derechos de algunos estudiantes que decidimos ir a clase en nuestros caballitos de acero.

Han pasado muchos años, desde que monte por primera vez en esa trek color plata y a pesar de que mi vida se ha vuelto más urbana de lo que habría pensado en ese momento de mi vida, la bici siempre ha estado ahí conmigo. En los últimos años, debido a mis obligaciones y necesidades diarias y por la decisión de emprender un negocio local de logística sostenible y asistencia técnica a domicilio (Ciclópolis), transformé algunas de mis MTB en hibridas para rodar con mi pequeño equipo de trabajo por la ciudad, carretera y montaña. Le instalé una parrilla frontal y trasera para cargar maletas, mercancías de todo tipo y evidentemente mis implementos de trabajo para las revisiones y mantenimientos.

Debo confesar que me he vuelto un poco adicto a las bicis, en mi país tengo 7 bicicletas más y con ellas tengo miles de historias y recuerdos. De hecho, una de ellas la llevo tatuada en mi brazo derecho, por el gran valor sentimental que tiene para mí, es una bicicleta de ruta Benotto del año 76, importada desde los Estados Unidos por mi Abuelo paterno en uno de sus viajes de vacaciones a ese país. Gracias a esto, nunca tuve que padecer del mal tráfico de mi ciudad natal para moverme con libertad y completa autonomía. Ahora que vivo en Barcelona, traje conmigo una de mis bicis preferidas, es una MTB GT azul cielo, no hay una igual en esta ciudad. Y gracias a ella sigo construyendo nuevas historias, conociendo nuevas personas y hermosos lugares.

Gracias a la bicicleta sigo construyendo nuevas historias, conociendo nuevas personas y hermosos lugares.

Ahora que estamos en un escenario tan incierto, espero que la bici siga tomando fuerza, es una excelente oportunidad para todos y todas las personas que queremos ciudades sostenibles, seguras, cívicas y justas. Para mí, el factor del tiempo, es uno de los puntos más fuertes para escoger la bici como alternativa de transporte urbana. Yo que vengo de una ciudad en donde no hay tanta infraestructura vial ni de transporte público como la de Barcelona, creo que la bicicleta complementaría perfectamente los demás modos de transporte público existentes y se reduciría el excesivo número de coches en la ciudad.

En definitiva, más allá de usar la bici como terapia, medio de transporte o práctica deportiva, los caballitos de acero son y seguirán siendo una poderosa herramienta de transformación y liberación social en Barcelona y en cualquier ciudad del mundo.

Rafael Casallas