Por Laura Chaves Vargas. Diseñadora y ciclista urbana. Directora-fundadora de Civita y colaboradora del BACC.

 

LA BICICLETA, MI HERRAMIENTA DE TRANSFORMACIÓN

Soy colombiana de una pequeña ciudad al sur occidente del país llamada Popayán. La primera vez que me subí en una bici y aprendí a pedalear tenía 6 años. Papá y mamá me habían dado para navidad una bici azul que hacía juego con la de mi hermano menor. Ese recuerdo se queda en mi cabeza como uno de los momentos más lindos de mi infancia. Luego, ya siendo adulta mientras estudiaba diseño en Bogotá, pude encontrar mi bicicleta trabajando en una tienda donde las vendían. Hicimos “click” como si algo dentro de mi se encajara, esa pieza perdida del rompecabezas que parecía no existir y que mágicamente apareció. Probé una sensación de libertad que nunca antes había saboreado. Se calmaron mis pensamientos y sentí mi cuerpo, como se movía, como revivía.

Al terminar la universidad regresé a mi ciudad siendo y sintiéndome ciclista urbana y entendiendo de manera distinta lo que era moverme en un su entorno. Atrás habían quedado los miedos y las ideas absurdas de que solo podía ir de un lado a otro en coche para estar más segura. Al montarme en los pedales me di cuenta que no estaba sola, que junto a mi se movían a diario muchas más personas; sentí como nacía una misión, un sentimiento de lucha por hacer de la bici una herramienta de transformación, no solo para aquellos que aún no la conocían, sino para quienes a diario viajaban en sus bicicletas en una ciudad que no había sido pensada ni para ciclistas, ni mucho menos para peatones… que no había sido pensada para las personas.

La sensación de libertad que me había dado pedalear mutaba a una misión, se convertía en una utopía por querer cambiar el mundo, por transformar mi entorno, por darle mi energía a algo que valiera la pena y sobretodo por darle a mi existencia una responsabilidad, una significancia. La bici me había cambiado la vida y sin pensarlo, tal vez incluso sin quererlo, me había regalado un propósito. Con Naira, como llamé a mi bicicleta, empezamos a viajar, estoy segura que si hubiese tenido la oportunidad de diseñar una bici habría sido como ella: compacta, pequeña, portátil. Me di cuenta que el mundo era uno solo, que a pesar de las fronteras inventadas y de las diferencias culturales, tanto aquí como allá sale la misma luna y tanto aquí como allá tenemos los mismos problemas.

La bici me había cambiado la vida y sin pensarlo, tal vez incluso sin quererlo, me había regalado un propósito.

Conocí a personas maravillosas cuyas vidas también se habían transformado cuando se hicieron ciclistas, aprendí de sus batallas y de sus ideas, reconocí en su creatividad una búsqueda común y hoy agradezco su trabajo porque sé que no estoy sola en esto. Me di cuenta de la importancia que es la de tomar una posición y además habitar las calles y sentirlas propias. Me di cuenta de las incomodidades que aparecen cuando alzamos la voz y decimos lo que pensamos y sentimos, aprendí a empatizar con la otredad, la conexión con otros seres se hace necesaria a la hora de querer cambiar el mundo y la importancia de construir en equipo para llegar más lejos. Reconocí mi liderazgo y mi fortaleza, descubrí que mi lugar de incidencia está en mí y que aunque a veces no lo entienda con claridad también está en el ejemplo que doy a las demás personas.

No tenemos muy claro cómo trabajar en esto, vamos diseñando la ruta a medida que pedaleamos, no sabemos cómo sobrevivir en un mundo que no está preparado para los cambios con dirigentes que no siempre se lo toman en serio. Nos levantamos cada mañana sintiendo que vale la pena, aunque la lentitud de la transformación pueda llegar a frustrarnos. Creemos en un mundo mejor, en un futuro mejor para quienes no han llegado todavía a habitarlo, para aquellos no humanos que cohabitan su existencia con la humanidad. Nadie dijo que sería fácil hacerse su propio camino, de lo único que estoy segura, es que si vamos en bici, la vida es mucho más bonita.  

 

Laura Chaves.